Editorial: Santa Ana Mayor Valerie Amezcua Collaborating with ICE to Deport Santa Ana Residents? – A Breach of Trust in a Sanctuary City

Arrest of a person by ICE Agents on January 8th 2025 and Mayor Amezcua in Silence in the Sanctuary city of Santa Ana.

Santa Ana, a lively and diverse community that has historically taken pride in safeguarding immigrant families, is undergoing a concerning transformation. Under Mayor Valerie Amezcua’s direction, recent information has emerged indicating that the mayor’s office is collaborating with U. S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) to deport residents. This has ignited a backlash from residents, activists, and community leaders who view this as a blatant contradiction to the city’s longstanding identity as a sanctuary city.

Santa Ana officially established its sanctuary status in 2017, offering vital protections for immigrants by limiting local law enforcement cooperation with federal immigration agencies. The aim was unequivocal: to foster a safe atmosphere for all residents, irrespective of their immigration status. Immigrant communities in Santa Ana have established their lives here, enriching the cultural, economic, and social landscape of the city. For many, the sanctuary label signified that they could exist with enhanced security, without the constant dread of deportation.

However, the recent revelations have overshadowed this feeling of safety and reliability. If Mayor Amezcua is indeed cooperating with ICE to facilitate deportations, it undermines the very tenets that Santa Ana’s sanctuary designation was intended to support. It not only breaches the trust of the immigrant community but also communicates that the city might be willing to work alongside federal authorities in ways that contradict its own laws and principles. This dilemma is not solely about one person; it mirrors a broader concern that impacts countless families. Deportations are not just statistics—they signify real individuals, mothers, fathers, sons, and daughters who face the possibility of being separated from their homes and communities. These individuals contribute to the city’s economy, participate in local educational institutions, and are vital members of the Santa Ana community.

If confirmed, Mayor Amezcua’s actions raise significant alarms. They jeopardize the trust that the city has diligently cultivated with its immigrant inhabitants. As a sanctuary city, Santa Ana ought to embody a symbol of safety and inclusion, not a location where immigrants dread deportation at the hands of local law enforcement. The city has always celebrated its progressive ideals, and this apparent policy shift represents a regression in the pursuit of immigrant rights and justice. The residents of Santa Ana are entitled to more. They warrant transparency from their elected officials and the reassurance that their city will continuously serve as a refuge, not a battleground for federal immigration enforcement. If the mayor persists in her collaboration with ICE, it is essential for the community to hold her accountable and demand a return to the principles that have established Santa Ana as a sanctuary city.

Ultimately, the residents of Santa Ana deserve to live free from the anxiety of deportation. If Mayor Amezcua is collaborating with ICE to remove local inhabitants, it is essential for her to reconsider this strategy and recognize that the sanctuary status of Santa Ana ought to be respected, not violated. It is time for our leaders to prioritize the needs of the community and strive for policies that safeguard, rather than penalize, the individuals who consider Santa Ana their home.

Editorial: La alcaldesa de Santa Ana, Valerie Amezcua, colabora con el ICE para deportar a los residentes de Santa Ana?: una violación de la confianza en una ciudad santuario

Arresto de una persona por agentes de ICE el 8 de enero de 2025 y el alcalde Amezcua en silencio en la ciudad santuario de Santa Ana.


Santa Ana, una comunidad vivaz y diversa que históricamente se ha enorgullecido de proteger a las familias inmigrantes, está atravesando una transformación preocupante. Bajo la dirección de la alcaldesa Valerie Amezcua, ha surgido información reciente que indica que la oficina del alcalde está colaborando con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE) para deportar a los residentes. Esto ha provocado una reacción negativa de los residentes, activistas y líderes comunitarios que ven esto como una contradicción flagrante con la identidad de larga data de la ciudad como ciudad santuario.


Santa Ana estableció oficialmente su estatus de santuario en 2017, ofreciendo protecciones vitales para los inmigrantes al limitar la cooperación de las fuerzas del orden locales con las agencias federales de inmigración. El objetivo era inequívoco: fomentar una atmósfera segura para todos los residentes, independientemente de su estatus migratorio. Las comunidades inmigrantes en Santa Ana han establecido sus vidas aquí, enriqueciendo el panorama cultural, económico y social de la ciudad. Para muchos, la etiqueta de santuario significaba que podían vivir con mayor seguridad, sin el temor constante de la deportación.


Sin embargo, las recientes revelaciones han eclipsado esta sensación de seguridad y fiabilidad. Si el alcalde Amezcua está realmente cooperando con el ICE para facilitar las deportaciones, socava los principios mismos que la designación de santuario de Santa Ana pretendía respaldar. No solo viola la confianza de la comunidad inmigrante, sino que también comunica que la ciudad podría estar dispuesta a trabajar junto con las autoridades federales de maneras que contradicen sus propias leyes y principios. Este dilema no se trata únicamente de una persona; refleja una preocupación más amplia que afecta a innumerables familias. Las deportaciones no son solo estadísticas: significan individuos reales, madres, padres, hijos e hijas que enfrentan la posibilidad de ser separados de sus hogares y comunidades. Estas personas contribuyen a la economía de la ciudad, participan en instituciones educativas locales y son miembros vitales de la comunidad de Santa Ana.


Si se confirma, las acciones del alcalde Amezcua generan importantes alarmas. Ponen en peligro la confianza que la ciudad ha cultivado diligentemente con sus habitantes inmigrantes. Como ciudad santuario, Santa Ana debería encarnar un símbolo de seguridad e inclusión, no un lugar donde los inmigrantes teman la deportación a manos de las fuerzas del orden locales. La ciudad siempre ha celebrado sus ideales progresistas, y este aparente cambio de política representa una regresión en la búsqueda de los derechos y la justicia de los inmigrantes. Los residentes de Santa Ana tienen derecho a más. Se merecen transparencia de sus funcionarios electos y la seguridad de que su ciudad servirá continuamente como refugio, no como campo de batalla para la aplicación de las leyes federales de inmigración. Si la alcaldesa persiste en su colaboración con el ICE, es esencial que la comunidad la haga responsable y exija un retorno a los principios que han establecido a Santa Ana como ciudad santuario.


En última instancia, los residentes de Santa Ana merecen vivir libres de la ansiedad de la deportación. Si la alcaldesa Amezcua está colaborando con el ICE para expulsar a los habitantes locales, es esencial que reconsidere esta estrategia y reconozca que el estatus de santuario de Santa Ana debe ser respetado, no violado. Es hora de que nuestros líderes prioricen las necesidades de la comunidad y luchen por políticas que protejan, en lugar de penalizar, a las personas que consideran a Santa Ana su hogar.